"ASATIA". Poniéndole nombre a una experiencia vital.

Por Juan Carlos Urrutia

Hacer teatro y ver teatro, son, en el mejor de los casos, actos de amor.

El que hace teatro, apuesta todo en el momento en que decide crear una puesta en escena con tal de ver materializada su imperiosa necesidad de expresar aquello que llena sus adentros; los más arrojados se lanzan al vacío, sin temor a los obstáculos a los que se podrán enfrentar en el sinuoso camino que existe entre la gestación de  una idea y la ejecución de esta.

El que va a ver teatro, por su parte, pareciera a simple vista que arriesga menos; sin embargo, en una ciudad regida por el tráfico, las manifestaciones, el estrés, el mar de propuestas de entretenimiento y las limitaciones económicas; el decidir ir al teatro a invertir tiempo, dinero y paciencia, implica igualmente un acto de valor.

Creador y espectador son como un par de amantes que se buscan desesperadamente, sin tener consciencia de que su encuentro es poco probable y que, en muchos casos, de lograr coincidir, el resultado será decepcionante. Pero; ¿acaso no se trata de eso el amor? Un acto de fe.

Y cuando ambas partes logran sortear cada uno las barreras a las que se enfrentan para concretar ese encuentro, y cuando el resultado de ese encuentro se traduce en una comunicación instantánea, en una piel que se eriza, en una lágrima contenida que se entre mezcla con una risa de alivio, en un diálogo en el que dejas el corazón, en un aplauso que te devuelve el aliento; en ese momento, ocurre una especie de magia que desafortunadamente, cada vez es más difícil de lograr. Es ese instante en el que todos los sacrificios que pudieron existir valen la alegría de coincidir; superando las absurdas barreras de tiempo y espacio, superando los miedos y la desconfianza que nos han hecho dejar de creer.

Y es que la esencia de “Asatia”, radica precisamente en esa satisfacción que te deja como espectador el ser parte de este encuentro mágico; esa misma satisfacción de la que desde hace tiempo carece Paula, el personaje femenino espléndidamente interpretado por Verónica Bravo, una chica que renuncia a muchas cosas con tal de encontrar el éxito en lograr ser “la mejor” chelista. Paula a su vez, es un personaje creado por Matías, igualmente llevado al escenario de gran manera por Eduardo Orozco, que surge de su propia necesidad de amar “idealmente”, sin saber que en el proceso de construcción de este personaje, terminará por salirse de sus manos.

La anécdota puede ser tan trivial como la historia de un encuentro/desencuentro entre dos personajes; sin embargo, parte del engranaje casi perfecto de esta propuesta, es la riqueza de su texto, que plantea más allá de una simple historia de amor, temas como la constante búsqueda de nuestra propia esencia.  ¿Por qué nos es tan complicado saber quienes somos y qué es lo que realmente queremos? ¿Por qué para algunos la vida se ha convertido en una perpetua búsqueda de la “felicidad”? ¿Por qué para otros, la vida es tan sencilla como dejar que las cosas fluyan, sin buscar nada? ¿Qué es el amor y en dónde está? ¿Qué estamos dispuestos a sacrificar para ser felices? ¿Es realmente necesario sacrificar algo?

Una propuesta honesta, sin pretensiones; generosa no solamente por su cercanía con el espectador ávido de hacer valer su apuesta por el teatro, sino por el cuidado en cada uno de los elementos de la puesta en escena: actuaciones remarcables y entrañables, texto consistente y bien planteado, diseño de iluminación que enriquece y complementa perfectamente la experiencia, escenografía suficiente, musicalización en sincronía con la historia; pero, sobre todo, el corazón entregado en cada instante.

Es verdad que coincidir en tiempo y espacio con otra persona para compartir un acto de amor luce cada vez más complicado en el mundo en que vivimos; pero de todo lo positivo que me dejó la experiencia de haber visto “Asatia”, con lo que me quedo es con la convicción de que, cuando te encuentras con estos actos de amor lo único que debes de hacer es abrazarlos y corresponderlos en cuerpo y alma; sin esperar nada más que la riqueza de un momento que quizás no se vuelva a repetir, pero que; sin embargo, puede transcender.

Ampliamente recomendable. Por mucho, una obra que vale el precio del boleto.

Galería de fotos: "Asatia"
Fotografías: Juan Carlos Urrutia

 


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Karen Martí