Reseña: “Romeo y Julieta”. Hemos muerto de amor; pero el amor nunca muere.

Por Juan Carlos Urrutia (@dobermuse)

No se trata solamente de la obra más conocida (al menos como referencia) de William Shakespeare, no es solamente un clásico de la literatura mundial; la historia de “Romeo y Julieta” va más allá de esos distintivos que la han convertido en un texto imprescindible, para seguir siendo hasta nuestros días - a pesar de las mutaciones en su interpretación y entendimiento con el paso de las generaciones – la más pura, intensa y despiadada historia de amor jamás contada. Una historia de amor cercada por el odio entre dos familias, un odio que trasciende los límites de la cordura para arrasar implacable con toda la nobleza, la insensatez, la imprudencia, el arrebato de un amor desesperado.

El Teatro Helénico es el escenario que acoge el nuevo montaje de este clásico, bajo la dirección de Mauricio García Lozano, quien tiene como precedente el haber montado “Medida por Medida” y “Ricardo III” del dramaturgo inglés; contando en esta ocasión con un elenco integrado por Haydeé Boeto, Ernesto Coronel, Pablo Chemor, Mar Ferrer, Diego Jauregui, Leonardo Ortizgris, Quetzalli Cortés, Emma Dib, JuliánSegura; y encabezado por Cassandra Ciangherotti y Adrián Ladrón en los roles principales.

Esta adaptación cuenta con una nueva traducción a cargo de Alfredo Michel Modenessi, la cual, si bien respeta el texto original, le imprime una frescura que la acerca completamente a cualquier tipo de público mezclando el lenguaje de Shakespeare con toques contemporáneos que juegan con el doble sentido y la picardía, propiciando de cuando en cuando risas entre los asistentes; aligerando lo que realmente es una tragedia. Es así quizás este el primer punto a favor del montaje.

Los elementos dancísticos que incluyen un número de tap y coreografías entre la pareja de enamorados, que aún hace falta afinar, es otro de los puntos distintivos de esta propuesta; que si bien no son de lo más destacado, sí le imprimen un toque diferente a esta versión.

La música en vivo, original de Pablo Chemor, junto con algunas pistas grabadas, es en cambio un sello distintivo de la puesta en escena. El tema con el que se ejecuta el baile/coreografía en casa de los Capuleto y que marca el momento en el que se conocen Julieta y Romeo, es simplemente embriagante. Perfecta sincronía entre melodía, movimiento e intención.

El diseño de vestuario es igualmente muy acertado, conservando la esencia de la época en que se desarrolla la historia originalmente; pero dándole atractivos toques de color y forma a través de máscaras en algunas escenas.

 


La escenografía se sostiene principalmente en una estructura de madera que consta de dos pisos y que permiten el desarrollo de las acciones sin confundir al espectador entre el cambio del espacio físico; apoyados con bancos de madera; es el propio elenco quien va realizando modificaciones en la posición de los mismos para recrear cada uno de los diferentes lugares por los que transcurre la historia.

Todo lo anterior para dar paso al atractivo principal: las actuaciones. García Lozano se encargó de reclutar a un elenco bastante uniforme - con algunos de ellos ya había trabajado anteriormente – de manera que la orquestación resulta bastante convincente en la mayor parte del montaje, que dura más de dos horas, resaltando por momentos actuaciones como la de Haydeé Boeto intepretando a la Nana o la del excelente Leonardo Ortizgris en el papel del desenfadado y audaz Mercucio.

Aun cuando resulta complicado resaltar el trabajo de unos sobre otros (lo cual representa un tremendo atino por parte del director); sin lugar a dudas el plato fuerte son los personajes principales. Por un lado tenemos a Adrián Ladrón  (que por cierto, está nominado al Ariel en la categoría de Mejor Actor) quien le imprime ese aire rebelde y de casanova a Romeo, le da color, dinamismo, pasión que raya en la cursilería más enternecedora pero que a la vez denota una furia incontenible, ese arrebato que hace falta para conseguir aquello que parece inalcanzable. El eterno enamorado que descubre acaso en los ojos de la joven Capuleto el verdadero sentido de aquello que había estado buscando en una y otra boca, en una y otra cama.

Y Julieta, interpretada por una Cassandra Ciangherotti quien se nota ha puesto todo su ya probado talento a completa disposición del director para hacer y deshacer en cada una de las escenas en las que aparece. Nos muestra a esa joven de casi 14 años que enloquece ante los primeros estertores del amor, que cree ciega y fervientemente en lo que le dicta su inexperto corazón; entregándose en cada momento sin reserva a un sentimiento que le es apenas presentado y que trágicamente se le va entre los dedos. Se le desbordan las emociones, salpica al público con la felicidad desmedida que le cause el encuentro con su amado, escupe la rabia ante el infortunio y la imposibilidad de su amor, nos humedece con las lágrimas de frustración, de dolor que inunda su desesperado deseo de amar. Enloquece y nos lleva desde la cumbre de un suspiro enamorado hasta las profundidades de la agonía que la causa aquel amor mal logrado. 


Si bien la propuesta de García Lozano, hace énfasis en la violencia de la que son víctimas los jóvenes dentro de la historia, quienes son inocentes e inconscientes instrumentos del odio que existe entre las dos familias (una elegante y contundente analogía a nuestra violenta y a veces desesperanzadora realidad), también es cierto que atina a retratar muy bien precisamente esa pequeña gran historia que surge en medio de tanta podredumbre ,ese encuentro de dos personajes que al olvido de los días se dieron la oportunidad de conocerse y reconocerse en los ojos del otro. Ese par de amantes que le apuestan todo, literalmente, al amor. Un amor que en nuestros días parece desvanecerse ante la llegada de nuevas formas de amar, de amarse así mismo. Un amor que algunos preferimos ver como una emoción sobrevalorada, cuando en realidad quizás sea solamente que no tenemos el valor de aquellos jóvenes que sin saber lo que les deparaba el destino, se atrevieron a amarse, a pesar del mundo, a pesar de ellos mismos.

A veces creo que hacen falta más Romeos que se atrevan a cambiarse el nombre y a negar su credo, en nombre del amor. A veces pienso si llegaré al lecho de muerte y seguiré volteando a la puerta abierta para ver si en el último momento aparece mi Julieta; sin embargo, nunca dejaré de creer. Porque podremos haber muerto una y mil veces por amor (o por desamor); pero el amor, ese nunca muere.

Galería de fotos

Fotografías: Juan Carlos Urrutia


 

 

Próximo Estrenos

Por jodidos y hocicones

"Sacúdete las penas"

Guillermo del Toro - FICG33

Karen Martí